Son las 10 de la mañana de un jueves y el sol está radiante. A 2.900 metros sobre el nivel del mar, entre la inmensidad de cielo y montañas que conforman el paisaje de Iruya, en la provincia de Salta, asoma y se eleva un helicóptero de cuya base cuelga una soga que transporta cargamento. No hay allí toneladas de agua para apagar un incendio sino un aula digital móvil con  cinco netbooks, una computadora, monitor, proyector, impresora, router, pizarra digital,un carro de guarda, carga y transporte, y cámara digital. Su destino es la escuela anexo Fray Bartolomé de las Casas, ubicada en un terreno tan irregular que impide al helicóptero aterrizar, y tan complicado de acceder que solo es posible llegar hasta allí a pie o en mula, tras largas horas de travesía.


Sus destinatarios, una decena de alumnos de esta escuela albergue y sudirector, quienes dan la bienvenida a los visitantes con la bandera argentina flameando entre sus manos. La expectativa y las señales de gratitud son indisimulables; surgen dibujadas en los rostros de estos chicos de piel dura y generalmente parcos en su demostración de afecto.


La escena se repite a dos horas de caminata sinuosa y complicada, en la Escuela Sede Fray Bartolomé de las Casas - Yerba Buena Paraje Sala Escuya, donde treinta alumnos reciben, a través de Educ.ar S.E., y gracias al aporte de Gendarmería Nacional, una computadora, diez netbooks, un monitor, un proyector, una impresora, un router, una pizarra digital, una cámara digital y un carro de guarda, carga y transporte,.


Ambas escuelas están asentadas en tierras comunitarias que pertenecen a pueblos originarios, específicamente coyas, a aproximadamente13 horas de la capital salteña –siempre y cuando se sumen kilómetros en vehículo y a pie-. “Donde terminan las ruedas y empiezan las alpargatas”, precisa Alejo Acuña, director y docente, quien una vez al mes y desde hace 24 años transita un camino de entre seis y ocho horas. Tanto de ida como de vuelta. Previo a ello recorre cinco horas en remis desde Salta capital hasta Río Grande, al pie del cerro donde inicia el ascenso al paraje.


“Nos sentimos felices por las netbooks que recibimos porque podremos trabajar mejor. Estoy muy contento. Ahora tenemos la posibilidad de investigar y divertirnos con la computadora”, dice Abaham Condori, alumno de 6to grado, y quien por su parte camina entre dos y tres horas diarias para recibir educación, incluso recorriendo tramos riesgosos durante el trayecto.


Gustavo Cruz, compañero suyo, asiente, hace una pausa y se larga: “Estoy muy contento. Ahora podemos buscar imágenes, editar videos y muchas cosas más”.


“Esto es un nuevo hito en la historia de esta pequeña escuela, un claro mensaje a la sociedad argentina de que cuando el Estado, tanto nacional como provincial, aúna esfuerzos, se optimizan recursos y estos llegan a quienes más los necesitan. Nuestros niños tienen la posibilidad de trabajar frente a una computadora. Algo inimaginable hace unos diez años”, dice Acuña.


Al finalizar, los niños, muy felices, y a modo de despedida, comienzan a cantar una copla y acompañan a los visitantes hasta la zona de despegue.


Las distancias empezaron a acortarse, y las oportunidades, a alargarse. Ahora es tiempo de integrar nuevos saberes, nuevas formas de enseñar y de aprender.